Este artículo pretende examinar las relaciones de poder en Los hijos muertos (1958), de Ana María Matute, articuladas en torno al espacio, el tiempo, la raza y la religión, como un reflejo de las políticas de exclusión de la España de posguerra. En su (re)producción de la injusticia, ambos sistemas privatizan la memoria y, por extensión, el duelo. Se plantea, así, que la apropiación memorística inducida desde el régimen franquista confina su expresión al silencio —no asimilable, en este contexto, al olvido—, y se defiende que, en sus respectivos niveles, la escritura de Matute, resultado de su condición de niña asombrada por la guerra, y el recuerdo en sus personajes, aunque motivados en y por un marco general de mutismo, logran articular una reflexión sobre el peso simbólico de una pérdida no clausurada.