ESCRIBO ESTAS PÁGINAS en la Sala Barbieri de la Biblioteca Nacional de España (Madrid). Un lugar —la biblioteca— que, desde hace casi dos décadas, me ha visto leer y releer manuscritos, mantener escarceos fugaces con algunos temas de investigación y persistir cabezonamente en otros, tomar largos cafés con colegas y rebuscar referencias bibliográficas en sus estanterías. Y, sin embargo, he entrado a la Sala Barbieri con la cautela de la intrusa. Es mi primera vez aquí y, aunque agradezco la calurosa familiaridad de las mesas, idénticas a las del Salón María Moliner, los gramófonos y demás artilugios musicales que me observan desde las vitrinas me inquietan, me incomodan, como si jugaran a recordarme mi pésimo oído musical, como si supieran que es la primera vez que me animo a pisar este salón o como si me amonestaran a sabiendas de que, después de cinco temporadas codirigiendo Las hijas de Felipe —un podcast dedicado a “los rincones olvidados” del barroco—, ni uno solo de sus episodios versa sobre el teatro lírico español1. Yo también me sorprendo, ruborizada, porque sé que ninguno de los autores del siglo XVII, que he leído y estudiado con tanto ahínco desde mis tempranos años universitarios, concibió las prácticas teatrales como islotes impermeables a la música y el baile. Y, aun así, sé que no estoy sola en este mirar hacia otro lado: me reconozco parte de una mayoría que enjuicia con recelo ese género de teatro musical que, desde comienzos del siglo XVII y hasta hoy, ha logrado pervivir en los escenarios y en el imaginario colectivo de España, Latinoamérica y Filipinas: la zarzuela2.
Como si estuviera persiguiendo una experiencia inmersiva que pudiera catalizar al fin mi intimidad con el teatro lírico, me animo a leer algunos de los papeles de Francisco Asenjo Barbieri (1823–94), célebre musicólogo y casi arqueólogo de la historia del teatro musical en España. En 1866, a través de una serie de artículos publicados en el periódico El Reino, Barbieri se enzarzó con el poeta y periodista cubano Antonio Vinageras (1832–1904) en una larga discusión sobre la pertinencia de ese teatro tornadizo, mitad hablado, mitad cantado:
Si por esto quiere el Señor Vinageras referirse al tránsito de lo hablado a lo cantado y viceversa, no tiene que hacer más que estudiar ese [End Page 5] mismo teatro que acabo de citar, y se hallará un sin número de dramas litúrgicos u oratorios, farsas, representaciones o églogas, pasos, entremeses, loas, autos, bailes, mojigangas, follas, sainetes, tonadillas, comedias, dramas, zarzuelas, melodramas, óperas y tragedias en que interviene la música, ya en la totalidad o ya en parte empleada; y si no quiere tomarse este trabajo, yo brindo al Señor Vinageras con mi casa y biblioteca, en las que verá reunidas una colección de obras españolas de teatro, en que la música tiene una parte importante, cuya colección cuenta ya sobre tres mil títulos, y cuyos autores llevan tan ilustres nombres como los de Lope de Vega, Calderón y otros que fueron los inventores del género de la zarzuela, tan vilipendiado hoy por el Señor Vinageras. Hace muchos años que me ocupo de allegar materiales con que escribir, en su día, la historia del teatro lírico-dramático español; por estos estudios constantes voy sacando las consecuencias de que la música teatral es en España, por lo menos, tan antigua como la poesía dramática, y que no hay nada que entre más de lleno en el carácter de los españoles que la amable alternativa de la música con la poesía y la danza en los espectáculos teatrales.
(Cit. en Sánchez Sánchez 167) A Barbieri no le faltaba razón.
He llegado hasta aquí —a esta sala, a esta polémica— intentando remediar una carencia bicéfala: de un lado, como investigadora de la...