En los conflictos armados, la mujer es representada como un símbolo moral que legitima la lucha, equiparando su sufrimiento con el nacional. El nacionalismo radical la define como madre y guardiana cultural, pero a partir de 1980, muchas jóvenes norirlandesas han desafiado los estereotipos de pureza y pasividad, exigiendo en su lugar un espacio político e incluso militante dentro del movimiento republicano. Este artículo cuestiona la noción de un pacifismo femenino innato y analiza, a través de la Teoría del Afecto y de los Estudios del Trauma, tres novelas norirlandesas que revelan cómo la narrativa patriarcal ha invisibilizado su participación activa en el conflicto.