Sarah G. Hansen, José Luis Ortega Martín
, Francisco Rodríguez Fernández
Este estudio propone utilizar el aula de inglés como un espacio donde se integren habilidades lingüísticas y matemáticas para mejorar la comprensión financiera. La educación financiera es esencial, pero suele tratarse de forma aislada. A partir de encuestas y aprendizaje automático, se observa que los estudiantes con alto rendimiento en inglés y razonamiento cuantitativo poseen mejor educación financiera. Sin embargo, existe una desconexión entre la confianza financiera percibida y el rendimiento real, especialmente entre quienes enfrentan barreras lingüísticas. Los alumnos con mayor dominio del inglés muestran mayor conciencia crítica al tomar decisiones económicas, destacando el papel clave del lenguaje. El estudio propone rediseñar los planes de estudio para incorporar la educación financiera en la enseñanza de idiomas. Así, los estudiantes pueden desarrollar habilidades para interpretar textos financieros complejos y enfrentar desafíos económicos reales. Este enfoque interdisciplinario enriquece el aprendizaje de lenguas y prepara a los jóvenes para una economía globalizada, ofreciendo estrategias útiles para docentes, diseñadores curriculares y responsables políticos.
Financial literacy is a vital life skill, yet its cultivation is often siloed from other educational disciplines. This study repositions the English language classroom as a transformative space where linguistic and mathematical competencies converge to enhance financial understanding. Employing survey data analysis and machine learning techniques, we reveal a robust positive correlation: students who excel in both English and quantitative reasoning demonstrate markedly higher financial literacy. Crucially, the study uncovers a metacognitive disconnect learners’ self-assessed financial confidence often misaligns with their actual performance, a phenomenon exacerbated by linguistic barriers. Students with advanced English skills demonstrate sharper critical awareness when navigating financial decisions, underscoring language’s role in fostering reflective economic agency. These insights advocate for a curricular redesign that integrates financial education within foreign language teaching. By embedding analytical and financial problem-solving activities into English language instruction, educators can equip students with the skills necessary to interpret complex financial texts and navigate real-world economic challenges. This interdisciplinary approach not only enriches language learning but also prepares students for the multifaceted demands of a globalized economy, offering valuable strategies for curriculum designers, educators, and policymakers alike.