Los hijos de Goni, de Quya Reyna, puede leerse como una puerta de entrada a El Alto que la autora abre de par en par. Esta apertura revela la cotidianidad de una ciudad históricamente racializada que es, a la vez, la segunda más poblada de Bolivia. Quya articula dicha cotidianidad con los recuerdos que extrae de su infancia y de su juventud temprana, convirtiéndolos en anécdotas y experiencias atravesadas por afectos, rivalidades, momentos conmovedores y también dolorosos. A su vez, el sentido del humor presente en estos relatos desmantela los discursos que han situado al alteño en un imaginario que no ha elegido. De este desmontaje surge una búsqueda de identidad que pueda cimentar un proyecto de país. En este horizonte, El Alto se perfila como una ciudad que aspira a la modernidad y encuentra en el qamiri la posibilidad de un capitalismo propio que haga viable dicho proyecto. Sin embargo, queda abierta la pregunta de si es posible la construcción de un capitalismo alteño y no la simple subsunción de la identidad a sus lógicas; es decir, cómo abrirse al mundo sin quebrar el sentido de pertenencia que hace posible esa apertura.