Alcalá de Henares, España
El auge de las literaturas de la ruralidad en España ha propiciado cierto interés por los pueblos de colonización franquista, resultado de la política de colonización impulsada por el llamado Instituto Nacional de Colonización, una institución que, bajo un discurso de justicia social y modernización, sometió a colonas y colonos y benefició a terratenientes. El presente artículo analiza tres novelas: “Atravesé las Bardenas” (2017), de Eduardo Gil Bera, “No queda nadie” (2023), de Brais Lamela, y “Paisaje nacional” (2024), de Millanes Rivas, textos que, aunque muy diferentes en su forma, convergen en su propósito de sacar a la luz las caras ocultas de la colonización. Así, mientras la primera novela narra el trabajo forzado de presos en la construcción de poblados y la segunda contrapone la propaganda franquista con los testimonios de colonos gallegos, destacando precariedad, vigilancia y desarraigo, la tercera, finalmente, visibiliza las luchas campesinas por la tierra y los cuerpos enterrados bajo los cimientos de los nuevos pueblos. En conjunto, estas narraciones funcionan como excavaciones literarias que confrontan la historia oficial, evidenciando que, en efecto, “todo paisaje lleva en su interior un rastro de violencia”, y reivindicando, por ende, la necesidad de reconsiderar (mirar) la tierra como espacio político atravesado por movimientos de ocupación, expropiación y resistencia.
In recent years, the rise of rural literatures in Spain has renewed scholarly interest in Francoist colonization villages, a legacy of the policies implemented by the Instituto Nacional de Colonización. While officially framed as social justice and modernization, these policies largely served landowners and subjected colonists to control and hardship. This article analyzes three novels: “Atravesé las Bardenas” (2017) by Eduardo Gil Bera, “No queda nadie” (2023) by Brais Lamela, and “Paisaje nacional” (2024) by Millanes Rivas. Although very different in form, these texts converge in their aim to bring to light the hidden faces of colonization. Thus, while the first narrates the forced labor of prisoners in the construction of settlements, and the second contrasts Francoist propaganda with the testimonies of Galician colonists, highlighting precarity, surveillance, and uprooting, the third ultimately makes visible the peasant struggles for land and the bodies buried beneath the foundations of the new villages. Taken together, these texts function as literary excavations that confront official history, demonstrating that, indeed, “every landscape carries within it a trace of violence”, and thereby affirming the need to reconsider (to look at) the land as a political space marked by processes of occupation, expropriation, and resistance.