Felipe Oliver Fuentes Kraffczyk
El presente artículo examina la novela “El gran frío” (2014) de Rosa Ribas y Sabine Hofmann como una dura crítica a las estructuras sociales arcaicas y patriarcales presentes en la España rural de los años 50. A partir de una investigación cuasi policial de la periodista Ana Martí sobre una niña con supuestos estigmas en un pueblo de Teruel, en el Maestrazgo aragonés, la novela revela una estructura de poder sostenida en lo que Slavoj Žižek denomina “el Amo invisible”. Es decir, una forma de autoridad o poder que no se asume públicamente como tal; un poder soterrado cuya eficacia reside en su capacidad para mostrarse como neutral, tolerante e incluso bondadoso ante los ojos de la comunidad, como ocurre con la figura del cacique Don Julián, quien abusa sistemáticamente de las jóvenes del pueblo con la complicidad de toda la comunidad de Las Torres. Así, la violencia simbólica, silenciosa y aceptada socialmente, sostiene un orden social con claros tintes medievales. La novela pone en tensión la vida rural con la urbana desde la dicotomía civilización vs barbarie, pero sin caer en una mirada maniquea. Las mismas prácticas medievales visibles en el Maestrazgo resuenan atemperadas en las playas de Barcelona.
This article examines the novel “El gran frío” (2014) by Rosa Ribas and Sabine Hofmann as a harsh critique of the archaic and patriarchal social structures present in rural Spain during the 1950s. Through a quasi-detective investigation carried out by journalist Ana Martí into a girl with alleged stigmata in a village in Teruel, located in the Aragonese region of Maestrazgo, the novel reveals a power structure sustained by what Slavoj Žižek refers to as the Invisible Master. That is, a form of authority or power that is not publicly acknowledged as such—a covert power whose effectiveness lies in its ability to present itself as neutral, tolerant, and even benevolent in the eyes of the community. This is exemplified by the figure of the local boss, Don Julián, who systematically abuses the village’s young women with the complicity of the entire community of Las Torres. In this way, symbolic violence—silent and socially accepted—upholds a social order with clearly medieval overtones. The novel creates tension between rural and urban life through the dichotomy of civilization versus barbarism, but without falling into a Manichean perspective. The same medieval practices visible in the Maestrazgo echo, although in a more subdued form, on the beaches of Barcelona.