
, Ana Isabel Foulquié Rubio
, Alina Pelea
La complejidad de la intermediación lingüística realizada por menores en contextos sanitarios quedó resaltada en un estudio cualitativo llevado a cabo por las autoras de este artículo en 2023. Son inciertos los beneficios que esta intermediación puede tener en cuanto a la comunicación y los resultados médicos, mientras que son probables y difíciles de reparar las consecuencias negativas para los menores. Sin embargo, es posible que solo se pueda recurrir a los menores en determinadas situaciones. Además, esta labor puede resultarles satisfactoria o incluso, en el mejor de los casos, tener un efecto positivo. Aunque la legislación de la mayoría de los países prohíbe el trabajo infantil, se sigue solicitando a los menores que medien para sus familiares o amigos en contextos sanitarios, cuando no hay un intérprete profesional disponible. De hecho, esta labor puede no considerarse como trabajo, y los adultos involucrados pueden no ser conscientes de los riesgos implicados. Por consiguiente, cabe concienciar sobre las posibles consecuencias para evitar situaciones que pueden tener efectos adversos en el menor a largo plazo. Este es el propósito que, con base en los testimonios de nuestro estudio, persigue el presente artículo, en el que se plantean unas pautas para profesionales sanitarios y pacientes, con el fin de disminuir los riesgos para todos los implicados, cuando son menores quienes realizan tareas de intermediación. Somos conscientes de que se trata de una solución imperfecta para una situación irremediablemente imperfecta; aun así, esperamos contribuir a que este tipo de prácticas se lleven a cabo de una forma más segura.
A qualitative study conducted in Spain in 2023 by the authors of this paper highlights the complexity of child language brokering in medical contexts. While such brokering may offer uncertain benefits for communication and subsequent medical treatment, it often results in negative consequences on the children, which can be difficult to mitigate. However, in some situations, children may be the only bilingual individuals available to assist. Moreover, language-brokering tasks can prove rewarding and, at their best, have a profoundly positive impact. Although legislation in most countries rightly prohibits child labour, children may still be called upon to interpret for family members or friends in medical contexts where no professional interpreter is readily available. Such tasks may not be recognised as ‘labour’, and the adults involved may be unaware of the potential risks to the child. Raising awareness of the implications of such tasks and offering guidance on how to prevent long-lasting adverse effects on minors is therefore essential. This is what our paper sets out to do, drawing on testimonies from the authors’ qualitative study. It offers a series of guidelines to help health professionals and patients engage with child brokers in ways that minimise risks for everyone involved. While these recommendations represent an imperfect solution to a deeply imperfect situation, they aim is to encourage safer practices.