Este artículo problematiza la relación entre literatura y educación, concebida no como un vínculo instrumental ni ornamental, sino como un campo de tensiones donde se disputa el sentido de la formación humana. Partiendo de la figura de las “almas inquietas” —sujetos que resisten la clausura de los significados y cuestionan las formas heredadas de comprender el mundo—, se analiza cómo la educación literaria puede favorecer la formación de sujetos capaces de ejercer pensamiento crítico frente a los regímenes de sentido dominantes: marcos curriculares, evaluativos y culturales que regulan lo decible y lo interpretable. En diálogo con la pedagogía crítica (Freire, Giroux), la teoría crítica (Adorno, Benjamin), la hermenéutica (Gadamer, Ricoeur), la filosofía política de la educación (Rancière) y los estudios literarios contemporáneos (Barthes, Eagleton, Umberto Eco), se sostiene que la literatura constituye un dispositivo privilegiado para la formación del pensamiento crítico, pues, mediante la ambigüedad y el conflicto interpretativo, puede abrir espacios de reflexión crítica y propiciar la formación de sujetos capaces de cuestionar y transformar los sentidos heredados.